February 25th, 2013 by admin | Posted in Cine, Mis trabajos, Personal | 2 Comments »
Cuando uno de mis lectores se entera de que también me dedico al cine, suele preguntarme por qué ya he publicado cinco novelas pero aún no he estrenado ninguna película. Yo siempre contesto lo mismo: que para escribir un libro sólo se necesita lápiz y papel (o un ordenador), pero para dirigir una película antes tienes que convencer a un productor de que invierta en ti muchísimo dinero.
Como escritor, tengo la seguridad de que el esfuerzo que aplico a mi libro dará lugar a una obra completa. Sólo depende de mí y de mi tiempo. Una vez con la novela en la mano, si es lo suficientemente buena o interesante se publicará, y si no lo es… siempre puedo editarla en digital o regalarla. La apuesta en este caso es desconocer si todo ese trabajo será rentabilizado de algún modo más allá de la satisfacción personal, aunque hasta la fecha me ha ido bien en ese sentido; tengo toda mi obra publicada y siempre he cubierto gastos.
Sin embargo, como cineasta las cosas son bien distintas. He trabajado en producción, realización, diseño, guión… y tengo un máster en mover proyectos, pero lo que yo quiero: dirigir una película (el subrayado es importante, porque lo quiero con todas mis fuerzas) aún no se ha podido materializar por culpa del dichoso dinero.

Llevo años siendo paciente, creyendo que a base de insistir al final lograré mi objetivo, pero recientemente me he dado cuenta de que tengo que cambiar de estrategia; de hecho, más bien se trata de un cambio de actitud. Ahora vivimos en un contexto diferente, la crisis se está cebando con todos los sectores y el del cine es uno de los que la está sufriendo más intensamente. Si antes lo complicado era convencer a un productor de que invirtiera en ti, ahora lo realmente difícil es encontrar a un productor que pueda invertir en ti.
Las reglas del juego han cambiado, así que he decidido pasar del “quiero hacer cine” al “voy a hacer cine”, sin importar si dispongo o no de medios para hacerlo. Vale, tal vez no pueda arrancar mi carrera con uno de los ambiciosos proyectos que estoy moviendo y es posible que tenga que renunciar a los decorados elaborados, al reparto plural, a los efectos especiales etc., pero ¡de la necesidad surge el ingenio!
A partir de ahora, además de seguir moviendo esos proyectos grandes y ultra-secretos de los que no os puedo hablar, voy a empezar a aceptar otro tipo de retos audiovisuales. El primero lo he llevado a cabo hace apenas unas semanas. Todo empezó en diciembre, cuando descubrí el Jameson NotodoFilmFest, un festival en el que sólo aceptan piezas de entre treinta segundos y tres minutos y medio. Se me metió en la cabeza participar a pesar de que no tenía nada… y en cosa de un mes rescaté dos guiones de cortometraje que había escrito en verano, escribí dos más, busqué a un grupo de gente con equipo propio y las mismas ganas que yo de rodar (con la que no había tenido ningún contacto previo), lié a mi primo y a una antigua amiga para que actuaran, rebusqué en el almacén de trastos de mi suegro para apañar un arte en condiciones… y me lancé al vacío.

El resultado no es espectacular, pero todo hay que ponerlo en contexto: rodamos cuatro cortos (de los cuales aún hay que montar uno de ellos) en dos días, sin apenas medios y con presupuesto nulo. El equipo no se conocía, los actores no ensayaron, todo se tuvo que rodar con prisas, con lo que teníamos a mano. Fue una locura divertidísima que a pesar de tener claro que no trascenderá, ha servido para muchas cosas: establecer nuevos contactos, reciclar conocimientos y sobre todo para confirmar que, como ocurre en la literatura, el cine no lo hace quien puede, sino quien lo necesita hacer.
Ya podéis ver Sonámbula, Oda al amor y Lois, tengo algo que decirte. Ahora me toca buscar un nuevo desafío: más largo, más grande, más complejo. Más estimulante.